Miles de historias prueban que
la Fórmula 1, antes de ser el deporte megaprofesionalizado y generador de millones de euros en el que se ha convertido, era un deporte en el que el “fair play” (que dirían los ingleses), el honor y la ética primaban sobre la victoria. Ganar a cualquier precio no valía.
Una de esas historias se remonta a 1958. En el GP de Portugal, disputado ese año en el circuito de Oporto, se jugaban el Campeonato Stirling Moss y Mike Hawthorn. Éste último lideraba el Campeonato 30 puntos a 24, pero Moss tenía una oportunidad de oro para ponerse en ventaja.
Ambos pilotos hicieron una carrera espectacular: Moss dobló a su compañero de equipo, Lewis-Evans, 3 veces. Al único que no consiguió doblar fue a su rival, Hawthorn.
Cuando Moss cruzaba la línea de meta, ganando la carrera, Hawthorn iba justo delante suyo y todavía tenía que acabar su última vuelta. Simplemente debía conducir plácidamente hasta la meta y conseguir el segundo puesto, que le permitía seguir al frente de la clasificación.
Sin embargo, después de la disputada carrera su Ferrari estaba prácticamente sin frenos y, en una curva, hizo un trompo y su coche se caló.
La zona en la que se había quedado calado el Ferrari era inclinada. Hawthorn intentaba arrancar el coche empujándolo… ¡cuesta arriba! Seguramente los nervios le jugaban una mala pasada y no se daba cuenta de que, obviamente, al no ser capaz de remontarlo cuesta arriba el coche no arrancaba.
Moss, que ya había acabado y estaba dando su vuelta de honor, pasó cerca suyo y, al ver la escena, redujo la velocidad y gritó “¡Empújalo por la cuesta abajo! ¡Nunca podrás arrancarlo de esa forma!”
Hawthorn se dio cuenta de la tontería que estaba haciendo, giró el coche, lo tiró por la colina abajo, arrancándolo y terminando la carrera en segunda posición.
La más que deportiva actitud de Moss permitía a su máximo rival seguir en la lucha por el Campeonato, a pesar de haberlo tenido a su alcance.

El gran y caballeroso Stirling MossPero ahí no acaba la historia. Uno de los comisarios de carrera denunció que Hawthorn había conducido el coche en dirección contraria (al darle la vuelta y tirarlo colina abajo), lo que implicaría la descalificación y que el Campeonato de 1958 hubiese ido a Moss.
Sin embargo, uno de los pilotos defendió a Hawthorn ante el consejo de comisarios que deliberaba si descalificarle o no… ¿adivináis quién? Pues si, el caballeroso Stirling Moss…
Moss declaró en el consejo que Hawthorn había empujado el coche fuera de la zona de carrera, en una escapatoria, sin causar peligro a los demás coches, por lo que no consideraba que hubiese corrido en sentido contrario al tráfico.
La descalificación fue desestimada, lo que permitió a Hawthorn seguir “vivo” en el Campeonato, que más tarde ganaría.
En palabras del propio Moss, “no quería ganar un Campeonato de esa forma”.
Hawthorn y Moss flanquean a un compañero
¿Os imagináis a Schumacher (que paró su coche a propósito en medio del circuito de Mónaco), Hamilton (con sus trampas en 2007) o muchos otros intentando ayudar a su máximo rival a arrancar el coche o declarando a su favor en un consejo de la FIA?
Justo 50 años después, viendo como actuaron los protagonistas de aquel suceso, creo que la profesionalización le ha quitado mucho más a la Fórmula de lo que le ha dado.